God save de prince (or not): por un urbanismo especulativo

God save de prince (or not): por un urbanismo especulativo

Vivimos en una época de emergencias globales que nos arrastra a una preocupación constante con el futuro, una situación que contrasta con la experiencia del habitar en tiempos previos. Solo unas décadas atrás tendíamos a imaginar el porvenir como un tiempo promisorio que invitaba a vivir mejor. Hoy proliferan, en cambio, las visiones de colapso ecológico, los pronósticos de ruptura social y los augurios de disolución de la democracia liberal. El futuro se nos aparece como una fuente de males venideros.

Nuestras ciudades no escapan a esos diagnósticos agoreros: asfixiadas por atmósfera irrespirables, estranguladas por flujos financieros, y exhaustas ante un turismo excesivo. Vivir en la ciudad es cada vez más difícil y el futuro que nos ofrecen solo acrecienta los achaques del presente. Así pues, al preocuparnos por el porvenir del mundo no es extraño que debamos hacernos cargo de nuestro futuro urbano. El problema de nuestras ciudades no está, sin embargo, en los aciagos futuros que se ciernen sino en los presentes vibrantes que se ignoran. Querría explicar esta frase que puede resultar un tanto críptica.

La crisis ecológica que caracteriza nuestra época nos enseña que nuestra forma de habitar es insostenible. Un modo de existencia —alumbrado en unas pocas geografías (Europa, Norteamérica…) e impuesto en el resto del mundo— que hunde sus raíces en una razón técnica que nos impide encontrar soluciones para el estado de gravedad actual. La situación que vivimos es grave y demuestra la incapacidad de nuestras instituciones para encarar los desafíos actuales: la tecnología es insuficiente para solventar nuestros problemas, la ciencia carece de preguntas desafiantes y la política resulta estéril y falta de audacia. En estas condiciones, estamos más obligados que nunca a explorar otros modos de habitar el mundo, un desafío que en buena medida comporta rediseñar nuestros mundos urbanos de una forma diferente. Una tarea que demanda, en buena medida, repensar lo que significa el diseño.

Hemos tendido a pensar que la práctica del diseño es meramente una actividad dedicada a dar forma a la materia, pero más que eso, sabemos que el diseño es, ante todo, una forma de producir mundos. Diseñar un automóvil no solo imprime curvas sugerentes sobre el metal, sino que da forma a un cierto modo de vida urbana móvil y deslocalizada: vivir en un lugar y trabajar en otro, desplazarse al centro comercial o viajar cada fin de semana. Diseñar el automóvil implica planear la ciudad para su uso y con ello moldear nuestra vida urbana. Algo similar ocurre cuando consideramos la actividad del planeamiento urbano: el urbanista no solo ordena el territorio, sino que anticipa la vida urbana que se podrá desarrollar en él: aquí una urbanización de casas seriadas y dependientes del coche, allá un condominio cerrado y aislado de lo público, y más allá un parque para el asueto ocasional. De manera sintética, diseñar es dar forma a nuestros modos de existencia. 

El planteamiento anterior nos permite repensar el urbanismo y la práctica del planeamiento, ya no como una disciplina dedicada a modelar el entorno construido, sino como una actividad obstinada en modelar el futuro posible del habitar urbano. Durante su más de un siglo de existencia, el urbanismo ha tratado de dominar y anticipar insistentemente la evolución de la ciudad, imponiendo un orden rígido que asfixia y restringe lo que es posible. Ordenar, regular, estandarizar, limitar… su vocabulario disciplinar evidencia el temor ante la emergencia incontrolable del devenir urbano, un ejercicio que se hace a costa de ignorar la complejidad inherente de la ciudad. 

Sabemos, desde hace tiempo, que ese modo de diseñar la ciudad está agotado. Planes urbanos que pretenden anticipar la forma de la ciudad con décadas de antelación y renders que visualizan una vida irreal. Los instrumentos del urbanismo y su episteme moderna son insuficientes para los desafíos contemporáneos del habitar, porque todo su esfuerzo está orientado a imponer orden suprimiendo la complejidad heterogénea de la vida urbana. Las mismas urbanistas y arquitectas nos lo han mostrado desde la década de 1960 al embarcarse en todo tipo de prácticas colaborativas y experimentos en la práctica del urbanismo, colaborando con vecinas y transgrediendo los dogmas de su profesión. 

Mi trabajo con Zuloark en años recientes me ha enseñado a pensar en el diseño urbano de una manera distinta, algo que también he aprendido de proyectos que proliferan aquí y allá en la ciudad1. Me refiero a huertos comunitarios donde se cultivan otro tipo de naturalezas, espacios auto-gestionados que inventan modos de gobernanza urbana y centros sociales okupados que experimentan con las infraestructuras del común. Hay en todos esos proyectos que proliferan en las grietas periféricas de la ciudad un esfuerzo por explorar lo que es posible hacer con otros, experimentando con las formas de habitar en común. 

Pudieran parecer anecdóticos, pero una mirada atenta puede ayudarnos a reconocer su absoluta singularidad. Los modos de relacionarse (en la ciudad y con la ciudad) y habitar rompen radicalmente con la rutina repetitiva que reproduce una y otra vez la vida que ya conocemos. Hay en ellos una genuina inventiva urbana que especula con otras formas de habitar. Así lo constatamos al descubrir que quienes toman parte de estas iniciativas auto-construyen infraestructuras, se embarcan en el diseño de dispositivos legales y documentan sus aprendizajes para que otros puedan replicarlos. Frente al urbanismo empeñado en imponer su forma, ésta es una práctica que, en cambio, se empeña en aprender de la ciudad. Ésta, no un mero objeto pasivo que modelar, sino una interlocutora que nos desafía a hacernos cargo de su complejidad.

No es inusual que tales proyectos sean desdeñados por su limitada escala o escasa dimensión. Hacerlo así es ignorar el valor de su condición experimental y naturaleza especulativa. Porque la relevancia de un experimento no se mide por las dimensiones de una placa de Petri o por los metros cuadrados del laboratorio. Su valor se encuentra en la capacidad para traer al mundo nuevas realidades insospechadas: un virus que desconocíamos, una partícula fundamental que ignorábamos o, por qué no, una manera de relacionarnos en la ciudad que ni siquiera habíamos imaginado. Ahí reside justamente el valor de muchos de estos proyectos auto-gestionados, en su capacidad para especular con otras formas de vida urbana colectiva. 

Especular es un concepto que no tiene buena prensa, pues está asociado a la actividad financiera de quienes trafican con los futuros para obtener beneficio económico. Esa forma de especulación financiera ha hecho de la ciudad un mero objeto para la acumulación de unos a costa de la desposesión de otros. La especulación urbana a la que me refiero tiene un sentido muy diferente, es una actividad que ocurre en el presente, en aquellos lugares donde vecinas y residentes experimentan con las formas posibles del habitar común. Esa especulación, como dicen algunos colegas, es una manera de resistir los futuros agoreros que se nos imponen como ineludibles2. Especular es aquí una forma de abrir el sentido de lo posible, mostrando que el presente de nuestros mundos es más amplio de lo que habíamos pensando y que, con ello, nuestros futuros no están clausurados. Así pues, reclamar este otro tipo de especulación es reapropiarse de esa palabra para señalar una actividad que desafía los diagnósticos infaustos desde la implicación concreta y situada.

Estamos acostumbrados a pensar que las luchas por una ciudad más justa se dirimen en la arena de lo explícitamente político, pero cada vez está más claro que una ciudad distinta demanda otras maneras de pensarla y diseñarla. Nuestros problemas urbanos no proceden solo del capitalismo devorador ni de la política estéril sino también de la tecnocracia arrogante que impone el diseño y limita la exploración de lo posible. 

Una buena parte de nuestros problemas urbanos derivan de la actitud soberbia de quienes creen tener la razón, aquellos que ignoran los límites de su propio conocimiento disciplinar y piensan que es poco lo que aún pueden aprender de la ciudad. La lucha por una ciudad más justa debería ser también la lucha por ocupar la episteme desde la que se piensan y anticipan nuestros mundos urbanos. Por esta razón, solo podremos alumbrar otras maneras de habitar si nos tomamos en serio los conocimientos periféricos que hemos marginado, ese saber técnico y vital, ese conocimiento mundano y experimental que prolifera en tantos lugares donde vecinas y residentes se hacen cargo de la complejidad urbana. 

Los desafíos del presente solo serán solventados cuando acabemos con el urbanismo tecnocrático y, junto con él, el dominio hegemónico del príncipe de la ciudad. Ese urbanista institucional y arquitecto municipal que ha limitado el futuro urbano con sus diseños soberbios e imaginación insuficiente (y como en todo, aquí siempre hay notables excepciones). Así que, si los Sex Pistols ironizaban décadas atrás con aquella invocación ‘God save de queen’, hoy podemos decir también, cargados de ironía: ‘God save de prince’. 

O quizás no, quizás, frente al urbanismo principesco que aspira a dominar la ciudad necesitamos un urbanismo especulativo que sea capaz de aprender de ella. Un urbanismo callado y humilde, pero desafiante ante nuestros problemas e inventivo frente a los males de nuestra época. Un urbanismo que no se arredra ante la complejidad que demanda el habitar nuestros mundos maltratados, un urbanismo que especula con las formas posibles de habitar en común en un frágil mundo urbano.

 

1 Zuloark no son los únicos acompañantes que durante muchos años he tenido en mi aprendizaje urbano. Basurama, Todo por la Praxis, Pez Estudio o VIC, son otros colectivos que ensayan formas de urbanismo de las que podemos aprender. Y no todos están todas en Madrid. El gran proyecto de Rectas Urbanas, promovido por Santiago Cirugeda y otros, Straddle3 o la Red de Arquitecturas Colectivas nos ofrecen también materiales para explorar otros modos de diseñar la ciudad. Más allá de estos ámbitos disciplinares, iniciativas como la Red de Huertos Urbanos Comunitarios de Madrid o proyectos como Esta es una plaza, Ciudad Escuela/Ciudad Huerto o el ya desaparecido Campo de Cebada han sido escuelas de inagotables aprendizajes.

2Ver Savransky, Martin, Alex Wilkie, and Marsha Rosengarten. 2017. “The Lure of Possible Futures: On Speculative Research.” In Speculative Research: The Lure of Possible Futures, edited by Alex Wilkie, Martin Savransky, and Marsha Rosengarten, 1–24. London and New York: Routledge.

 

IRUZKINIK GABE

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Adolfo Estalella

Adolfo Estalella es profesor de antropología en el Departamento de Antropología Social y Psicología Social de la Universidad Complutense de Madrid. Su trabajo se ha interesado por el urbanismo de base y las culturas digitales, prestando especial atención a las prácticas de conocimiento y las tecnologías utilizadas por gentes concernidas con la ciudad. Su trabajo contribuye a comprender los esfuerzos que los habitantes de la ciudad desarrollan por experimentar con las formas colectivas de habitar. Su próximo libro (en co-autoría con Alberto Corsín Jiménez) es ‘Free Culture and the City. Hackers, Commoners, and Neighbors in Madrid, 1997–2017’.